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Llegó revolución para el cambio eclesial desde la laicidad

Quizá el cambio para la Iglesia no está en manos de los líderes, sino en el poder del voluntariado laico.


Son más de dos décadas viajando por diferentes escenarios y contextos de la Iglesia, en búsqueda de esos “locos del camino” que están agotados y hastiados de las mismas prácticas insípidas en las que han caído como Iglesia, o que están cansados de los gobiernos y burocracias institucionales, y que valientemente desafían el statu quo e inician transiciones heroicas hacia otras eclesialidades autóctonas y contextuales.


​Pero para mi propia decepción, estas renovadoras iniciativas de cambio, en un alto porcentaje, son ahogadas por las presiones políticas que la institucionalidad denominacional ejerce, como también se esfuman los esfuerzos de cambio ante la carencia de recursos.


​ Sin embargo, en apego a la verdad, debo afirmar que en estos veintitrés años he disfrutado el ver y ser parte de ministerios comunitarios que lograron persistir los efectos de cambio, y orgánicamente evolucionaron a expresiones de amor y servicio para y con sus comunidades. Algunos de ellos se encuentran en países con muchos problemas sociales y políticos, como por ejemplo Nicaragua, Cuba, El Salvador, República Dominicana, Haití, Honduras, Guatemala, Ecuador, Mozambique, Burundi y Tailandia.


​Pero todo lo anterior no es suficiente, queda muchísimo por hacer, y el gran porcentaje del liderazgo de la Iglesia, aunque es consciente de los llamados misionales que de manera imperativa el Evangelio demanda, prefiere la comodidad y mantener la “armonía” con lainstitucionalidad de control.


​ Ante este panorama, se levanta desafiante la pregunta, ¿entonces, dónde están y quiénes son los gestores de los cambios eclesiales para la transformación de las comunidades a través del Evangelio? Mi respuesta, con base a mi experiencia, es la siguiente: Son los laicos, es decir, los miembros de las iglesias que no tienen títulos teológicos, ni tampoco gozan de los privilegios de ser líderes, mucho menos les siguen miles en las redes sociales. Son gente común y humilde que lograron interiorizar la misión de Dios para la Iglesia y que, sin complejos ni temores, están dispuestos a hacerla sentir en sus espacios.


Son ellos quienes llevarán a las comunidades de fe esta revolucionaria renovación.


​ Son innumerables las veces en que, al terminar una conferencia o consultoría, se acercan mujeres y hombres con lágrimas diciéndome: “Eso que usted dice ha estado en mi corazón, siempre. Sus palabras confirmaron que no estaba equivocada, le he dicho a mis pastores muchas veces que le demos abrigo en las bodegas vacías de la iglesia a los indigentes y su respuesta siempre es: ‘El templo no es para eso’, entonces yo decidí abrigarles en el solar (garaje) de mi casa”.


​ En Nicaragua, una pareja pidió muchas veces que la Iglesia les apoyara para dar de comer a los adultos mayores de la calle y la respuesta del pastor fue: “Primero lo primero, salario y gastos de la iglesia y nunca sobra para los pobres”, pero ellos decidieron salirse e iniciar lo que hoy es una iglesia asombrosa, donde alimentan aniños, adultos mayores, mujeres adolescentes, gente en condición de calle, y generan sus propios recursos. A esta pareja, de haber permanecido allí, donde los recursos ya tenían destino, se les habría muerto su llamado, o peor aún, como sucede en miles de Iglesias, se les habría reprimido sus vocaciones misionales, por temor de ir en contra del “siervo de Dios”.


​ En la Biblia podemos encontrar ejemplos de esta laicidad:

• Los cuatro que llevan el paralítico a Jesús.  (Marco 2, 1-12 TLA)

• Quienes se desprenden de los pescados y panes para el milagro de la multiplicación. (San Juan 6, 1-15 TLA)

• Al Apóstol Pablo, a quien Lidia, junto con otras personas en Filipo, le financian y lo ayudan a fundar iglesias.  (Hechos 16:13-15, Filipenses capítulos 2,3 y 4 TLA)

   

Con toda firmeza creo que se está levantando un movimiento revolucionario de hombres y mujeres que ya no soportan más el peso de su llamado por los desvalidos, que llenos del Espíritu Santo harán Iglesia fuera de los templos; serán las manos de Jesús en las heridas de las víctimas de los sistemas de opresión política y religiosa; serán sirvientes que lavarán los pies de quienes la religiosidad nunca lavó, ellos darán y compartirán su pan y su leche con quienes no tienen que comer. A estos subversivos nada los detendrá.

​ Su misión está comprometida en el mundo y desde el mundo, ya no será su tarea fundamental el desarrollo de la institución eclesial, sino desplegar todas sus capacidades en la cultura, la ciencia, las artes, la economía, la política, los medios de comunicación, el trabajo, la familia y los hijos.


Este pujante equipo de voluntarios laicos será el nuevo paradigma de una Iglesia en salida, desplegando otra forma de vivir más allá del templo que, con su modelo de vida y testimonio, harán posible otro mundo más humano y evangélico y harán de la Iglesia, la Comunidad libre del Espíritu Santo.

​ Como muestra de esa eclesialidad novedosa y contracorriente, sucede todos los días en las casas donde la comunión, la cena del Señor, y la ministración de la palabra de Dios, ya no son de exclusividad del Ministro Ordenado, sino que quienes oficializan estos sacramentos son madres solas, parejas de divorciados, padres y madres, a quienes el COVID19 les facilitó ese derecho que, por llamado, tenían.


​ La Iglesia donde sirvo, Comunidad Cristiana Shalom, muchísimo de lo que hoy sucede ha sido generado por cientos de voluntarios que viven el Evangelio al extremo: mujeres, gente en condición de calle, adultos mayores, misiones globales, personas de áreas de negocios, entre otros. En Shalom somos una corporeidad comprometida con la misión de Dios.

Por eso, nos vale a los líderes abrirnos a escuchar las pasiones misioneras de los congregantes de las iglesiasdonde servimos y, al escucharlos, abramos todas las puertas para el desarrollo y crecimiento de todas estas oportunidades de mostrar el Evangelio. Que nuestros rol consista en ser gestores humanos para la transformación de comunidades, a través de hombres y mujeres simples empoderados en el Espíritu Santo.

De no ser así, muchos se quedarán en sus catedrales de sal, hechos monumentos; mientras que del otro lado de la acera, impetuosamente, se encontrará en cada esquina un voluntario laico predicando el Evangelio con una toalla y una vasija de agua.

Hoy, más que nunca, se necesita un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, y los voluntarios laicos están cumpliendo este rol como instrumentos de Dios.

Tus observaciones me harán mucho bien, anotalas aquí y compártelo. Gracias

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2 Comments


Roy Soto
Roy Soto
Aug 28, 2020

Yo soy el agradecido de tu amistad y compañerismo. Sigamos ambos aprendiendo del mensajero de la Cruz

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Tomás Morales
Tomás Morales
Aug 28, 2020

Amado, qué te puedo decir, más que muchas gracias por abrir mi mente y corazón hacia nuevos panoramas, y confío en Dios que ésto se haga realidad en mi comunidad de fé.

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