Transformación social desde la unidad en medio de la diversidad

¿Será la diversidad de lo que somos como Iglesia, una fortaleza para la transformación social de nuestro continente?

Una de las facetas que disfruto del Reino de Dios es mirar lo diferente que somos: en estructuras, expresiones litúrgicas, la forma en la que cantamos y en cómo celebramos el culto. Somos diferentes en la forma de vestir, saludarnos y socializar. Nos adornan los diferentes abordajes doctrinales, pero, eso de ninguna manera nos logra separar de la realidad corporal de lo que somos como Iglesia: presencia física y mística del Reino de Dios en la tierra.

“Católicos y evangélicos no se llevan, ellos son idólatras y nosotros no”, estas fueron las palabras que un “evangélico tradicional” me externó en mis inicios en Shalom. Argumento prejuicioso, que contundentemente negué hacerlo parte de nuestro ADN como Iglesia. En total rebeldía a esa postura, para nada ejemplo de Jesús, nos dimos a la tarea de acercarnos a todos quienes podíamos, hermanos y hermanas católicas. Por supuesto que para ellos y ellas sentir nuestras manos en las de ellos y mirarnos servirles, generó la más hermosa relación de amor, respeto, admiración y comunión.

Fueron muchos los eventos que nos conectaron y fusionaron, hoy puedo decir que, en Fraijanes, hemos superado en un gran porcentaje esas absurdas divisiones que el tradicionalismo evangélico promueve. Una de las muchas actividades que hemos realizado unidos, fue caminar por la calle principal de Fraijanes, rezando- orando el Padre Nuestro, pidiendo a Dios que nos traiga paz, trabajo, prosperidad, salud y bienestar comunitario.

“Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad.” Jer. 29:7 (NVI)

Ahora bien, quien genera esta unicidad es la presencia del Espíritu Santo en cada uno de quienes conformamos su Iglesia. Ejemplo de esto se refleja bien en la Iglesia primitiva, donde cada participante dejó de lado sus prejuicios, estatus sociales, estructuras culturales y racismos. El rico servía a quien fue/era el esclavo, donde las mujeres tenían su participación en total expresión de la horizontalidad que el Reino de Dios demanda.

40 Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación.

41 Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.

42 Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.

43 Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles.

44 Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas;

45 y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.

46 Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón,

47 alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

(Hech 2:40-47 (NVI))

La presencia de Jesús a través de su Espíritu Santo nos da la capacidad de converger en total convivencia, sin importar las diferencias en nuestros maquillajes religiosos, posturas doctrinales y, más aún, de nuestras preferencias. Todos podemos ser UNO cuando de servir y amar se trata. Ésta es mi propuesta central, unámonos para darnos por quienes viven en necesidad.

Uno de los pasajes que me tiene ocupado en los últimos meses, es la oración de Jesús en San Juan 16. En este capítulo, Jesús ruega por la unidad de sus discípulos. Pide al Padre que los mantenga siendo uno, en reconocimiento del poder transformador que esta dinámica de unidad puede lograr para quienes observan. “Para que el mundo crea que tú me enviaste.” Juan. 17:21 (NTV)

Nuestro gran desafío es crear una cultura de encuentro a partir de la necesidad del otro, donde los individuos y grupos compartamos la riqueza de quienes somos, de nuestras experiencias, socializar nuestros recursos determinados a la construcción de puentes de conexión. La Iglesia en América Latina está llamada a salir de su zona de confort, de su exclusivismo, elitismo y segmentación, y ser fermento para la comunión entre todos. Un vivo ejemplo de la oración de Jesús por la unidad.

Tener comunión con todos los que buscan un futuro de esperanza y vida plena en ambientes de hostilidad. Debemos ser plenamente la comunidad de discípulos misioneros del amor del Señor Jesús. Que discernamos cuándo es el momento para dejar de lado los rótulos denominacionales, las diferencias litúrgicas y nos abracemos como una comunidad viva y dinámica, para amar y servir a quienes, nuestras mismas posturas doctrinales y religiosas, sacaron de los templos.

Siempre cuestiono a los que me dicen no poder hacer la misión por la falta de recursos, no es cierto; si cada una de las Iglesias hiciéramos un inventario de todos los recursos humanos, económicos, materiales y de conexiones que disponemos, seríamos el mayor banco de recursos del mundo. Sueño con crear una comunidad de Iglesias hermanas, donde no medien intereses institucionales, sino, que todos abrazados desde la materia que somos, barro, socialicemos lo que somos, lo que tenemos, en función del beneficio común de los demás a nuestro costo. Una comunidad de iglesias que se desprenden de sus panes y peces y los ponen en las manos del multiplicador por excelencia: Jesús.

¿Se imaginan el impacto para nuestras comunidades, ciudades, naciones, al mirarnos servir juntos, en el nombre del gestor de la unidad, Jesús? Eso sí que daría sentido y testimonio a nuestra fe cristiana. “Para que vean sus buenas obras y glorifiquen a Dios.” Mt. 5:16

Me rehúso categóricamente con quien piensa que vivir la unidad en medio de la diversidad para servir es una utopía, una misión imposible. Hago mías las palabras de Jesús, ámense los unos a los otros, porque la manera en la que el mundo los mira amarse, será un testimonio vivo por el cual me conocerán.

Quiero también, dejar plasmado con plena conciencia, que mi pasión y compromiso con el Reino de Dios fundamentado en la imagen de Jesús en la cruz, me invitan a que intente, de manera intencional y por todos los medios, generar reflexión y confrontación para ver a la Iglesia siendo la sal y luz del mundo, fuera del “salero” el cual es el templo. Pero, con esta postura, puede que algunas personas me conciban o miren como un acusador de lo que tanto amo, la Iglesia universal de Jesús, por lo cual, honestamente, pido perdón.

Lo que como Iglesia Shalom somos y hacemos, de ninguna manera nos coloca en la acera del frente, todo lo contrario, estamos aquí siendo parte de la totalidad de la Iglesia, queriendo sumarnos a quienes anhelen un movimiento de transformación y unidad desde nuestra diversidad.

¡Qué delicia para la sociedad, servir una mesa entre muchos y muchas de diferentes expresiones y formas, cada quien trayendo lo que tiene, un banquete con expresiones múltiples y traer desde los lugares marginados, de extrema pobreza a los invitados, y servirles toda esa diversidad en el amor de Jesús!

Finalmente, te desafío en hacer algo por la unidad ¿Qué vas hacer para propiciar la unidad? ¿Serías capaz de dejar de lado los temas triviales que nos han cercenado para servir la mesa a tus hermanos y hermanas de otro orden denominacional? ¿Podrías hacer un grupo diverso y salir a las calles, plazas, mercados de tu barrio, comunidad, ciudad a servir a la gente?

La transformación que tanto esperamos inicia con la liberación de nuestros prejuicios.

Eclesiastés 4:9-12 (NVI)

9 Más valen dos que uno,

porque obtienen más fruto de su esfuerzo.

10 Si caen, el uno levanta al otro.

¡Ay del que cae

y no tiene quien lo levante!

11 Si dos se acuestan juntos,

entrarán en calor;

uno solo ¿cómo va a calentarse?

12 Uno solo puede ser vencido,

pero dos pueden resistir.

¡La cuerda de tres hilos

no se rompe fácilmente!

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